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En marzo del año pasado escribía un texto para la web de Kikuyo Editorial. En este texto, me preguntaba entre otras cosas sobre las discusiones que como artistas y gestores culturales seríamos capaces de abrir en el contexto de una pandemia mundial que nos atravesaba a todxs. Estaba absolutamente anonadada con todo lo que sucedía. La pandemia, que me cogió en Madrid, la viví desde la sala de mi departamento con John mi compañero de casa y amigo. Los primeros días nos sentábamos sin falta a ver lo que pasaba en las noticias intentando, en medio de la incertidumbre, tener una idea de cuando podríamos volver a salir. La primera semana se convirtió en dos, esas dos en otras dos, ese mes en otro mes y así pasaron casi 3 meses de encierro total. En ese momento, Madrid era una de las ciudades más afectadas del mundo, y justamente el centro, donde nosotros vivíamos, era considerado el foco de infección más grande de España. Durante todo ese tiempo salimos únicamente 3 o 4 veces con el único fin de comprar comida para reabastecernos. Hacer las filas afuera del supermercado en la Plaza Tirso de Molina se convertía en uno de los momentos más preciados de ese tiempo porque era el único lugar en el que podíamos estar afuera tomando aire y sol. Digo esto porque el departamento donde vivíamos no tenía mucho acceso a luz natural, ni balcón, ni terraza, ni patio. Solamente unas pocas ventanas donde a cierta hora del día entraba por momentitos el sol.

En ese texto, me preguntaba también sobre el rumbo que tomaría el mundo después de la pandemia. Como varios escritores que leía en ese momento, reflexionaba sobre la posibilidad de que la tragedia posibilitara una realidad donde se pusiera la vida y no la economía al centro de todo. A pesar de que hoy sabemos que lejos de acabarse el capitalismo ha cavado más hondo que nunca, en el fondo sostengo siempre con firmeza que a través del trabajo cultural la transformación social es posible.

Esta transformación esta más cerca de la micropolítica que de salvar el mundo o soñar el fin del capitalismo. Cuando hablamos de micropolítica hablamos de la posibilidad de gestar cambios en nuestros entornos más próximos, de ser gestores de nuestros espacios, de tejer consciente y colaborativamente relaciones y vínculos con quienes y con lo que tenemos más próximo. Esto suena hermoso, pero es bien jodido. Tejer con otrxs involucra una serie de compromisos, es luchar contra la individualidad que aliena y que alimenta un sistema productivo basado en el consumo y no en la vida misma.

Estoy a pocos días de dar un taller en el marco del Festival de Educación Artística RIZOMA organizado por Puente y Ludomentis, ambas propuestas culturales que le apuestan a una enseñanza desde las artes. He llamado a este taller Gestión Cultural para la transformación social: acercamientos desde la política, la cultura y el cuerpx y es precisamente esa relación la que quiero plantearme en este texto y en mi práctica como gestora y creadora. ¿Por qué es importante hablar desde el cuerpx?, ¿por qué es importante expandir las nociones de cultura y de política? y ¿por qué esto es relevante para la gestión cultural? Son varias de las preguntas que me hago y que aspiro podamos debatir y complejizar en las discusiones del taller, pero creo que va justamente de reconocernos como agentes políticos de nuestras realidades y por lo tanto capaces de transformarlas.

En este sentido, pensar en la cultura no solamente en su dimensión artística si no como ese elemento común que está en nuestra cotidianidad y que nos hace lo que somos, posibilita expandir el trabajo cultural a prácticamente todo lo que hacemos desde una perspectiva sensible, relacional y creativa. Creo que la potencia del gestor radica ahí, en la capacidad que tiene de ser nodo, de vincular lo que tiene a su alrededor para organizarlo y proyectarlo (hacerlo visible). En este escenario podemos sentirnos menos alienados por esa gran política (la que hacen los políticos) que nos excluye y nos domina, y pasar a ser actores activos de todo aquello que nos interesa vincular y en ese sentido, transformar. Partir desde el cuerpx también nos permite reflexionar sobre nosotrxs mismxs, nuestra sensibilidad y nuestras experiencias. ¿De qué manera lo que me preocupa es relevante para mi comunidad y cómo puedo hacer de mis intereses un proyecto de aporte y transformación? Pues herramientas hay muchísimas, pero lo que propongo es ser muy críticos con el lugar desde el cual enunciamos y proponemos proyectos, hacerlo desde una perspectiva situada (siendo el primer sitio el cuerpx). Los proyectos tienen que surgir de un deseo/necesidad que uno detecta. Así, organizar la casa con la familia o con la pareja puede convertirse en un proyecto cultural, en el que compartimos, proyectamos, dialogamos, y finalmente creamos una nueva realidad que nos beneficie y nos empodere. Así también puede serlo un proyecto artístico o cualquier otra idea que sintamos es de índole común y que aporte a la vida de quienes se involucren, pensar la gestión como tal como un acto creativo y subersivo, sacar lo indisciplinado y lo poético.

Quizás ahí, en esa potencia que vive detrás de la posibilidad de que nos volvamos gestores de nuestras vidas, comunidades y espacios está la transformación que tanto buscamos, en esos micro gestos, en esas acciones que parecen insignificantes y pequeñas, en soñar otros mundos posibles desde lo más íntimo, cercano y pequeño que tenemos. A esto le he llamado el temblor de los pequeños gestos que hacen mundo, creo que lo leí en algún lugar o me lo inventé, pero no es lo importante, el tema es que cada día le apuesto más a lo pequeño e insignificante, a la micropolítica como el acto más potente de transformación posible hoy en día.

Recomiendo la lectura: Esferas de la insurrección: ¿que tiene que ver la subjetividad con la política? de SUELY ROLNIK.

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